Hacia una educación de los sentimientos


Es innegable el creciente interés por el estudio de la vida afectiva y su educación. En cualquier caso, la “educación de los sentimientos” es una tarea necesaria y fundamental en los procesos de maduración personal de los adolescentes y jóvenes. Arrancando de estos y otros aspectos, el autor analiza en primer lugar el significado e importancia de “los sentimientos de la vida afectiva”, para pasar a considerar después el contenido y significado educativo de la “inteligencia emociona”. Las últimas páginas del artículo contienen numerosas pautas para articular concretamente la “educación emocional” de adolescentes y jóvenes.

Las emociones y los sentimientos en la vida afectiva
El nivel afectivo de la personalidad huma­na comprende ese mundo de experiencias íntimas y subjetivas en el cual nos dejamos afec­tar por las experiencias -internas o externas­ que estamos viviendo.

. ¿Qué son los sentimientos y emociones?


Sentimientos y emociones surgen de un fondo vital que escapa en buena parte a nuestra libre elección racional. Clásicamente, los fenómenos propios de esta dimensión afectiva se han diferenciado entre sí por su intensidad, persistencia y por la mayor o menor implicación de aspectos somáticos o cognitivos.

Así las emociones consisten en experiencias afectivas intensas, pasajeras, bruscas y agudas, con un fuerte componente corporal. Las emociones se relacionan muy directamente con las motivaciones y constituyen una fuerza energética psicofísica que nos impulsa hacia unos determinados comportamientos. También emoción y pensamiento se relacionan e interfieren mutuamente (ELLIS,1981), aunque no se puede taxativamente afirmar que exista una relación de causalidad fija entre ellos. En realidad los ni­eles somático, afectivo y cognitivo interaccionan entre sí en forma compleja.

Los sentimientos son estados afectivos más estructurados, complejos y estables que las emociones, pero menos intensos y con menor implicación fisiológica. Mientras la emoción es un modo de sentirse afectado por el mundo exterior, el sentimiento es el modo en que nos proyectamos sobre él desde nuestra afectividad.

Y, por último, las pasiones constituyen fenómenos afectivos que manifiestan la estabilidad del sentimiento y la intensidad de la emoción con una fuerte presencia del nivel cognitivo.

Cada persona tiene una peculiar organización de su mundo afectivo. Esta originalidad depende en parte de su especificidad fisiológica y en parte de las experiencias vividas, que le hacen interpretar la realidad descodificando los mensajes en forma peculiar.

Sin pretender profundizar en los orígenes de la experiencia emocional, la psicología cognitiva contemporánea asume que la raíz inmediata de cada sentimiento concreto se encuentra en el significado específico que cada persona atribuye a sus propias experiencias. De este modo se resalta el papel de cada cual en la génesis de sus personales emociones.

En los últimos años la tendencia dentro del campo psicológico operativo ha sido la de no establecer diferencias entre emoción y sentimiento. De modo que también nosotros utilizaremos el término emoción o sentimiento como sinónimos en el presente artículo.

. ¿Para qué nos sirven los sentimientos y emociones?

Fundamentalmente son experiencias personales e íntimas que reflejan nuestro mundo interior, nos ayudan a tomar decisiones y a formar valores. Son indicadores que nos infaman de cómo estamos viviendo, qué nos está pasando ante las diversas situaciones. Estos fenómenos afectivos permiten conocemos mejor. Nos hablan de lo que ocurre, lo que queremos, lo que es importante para nosotros: nos hablan de nuestras necesidades básicas, de nuestros deseos, de nuestros valores, de nuestro grado de bienestar o malestar.

Los sentimientos y emociones no sólo ayudan a conocerse, sino también a decidir qué hacer, decir, probar, gustar... Los sentimientos están en el fondo de nuestras actuaciones y de nuestras reacciones. Prestar atención a nuestros sentimientos y emociones nos lleva a saber actuar de una manera más adecuada. Mostrar y expresar adecuadamente estas experiencias afectivas es algo natural y sano. Tanto las emociones agradables como las desagradables.


Además, compartir con franqueza los sentimientos con otras personas, permite darse a conocer, ser comprendido y establecer unas relaciones adecuadas. De lo contrario, los demás tendrán que recurrir a suposiciones para saber realmente lo que le suceda a uno. Ahora bien, hay que aprender a saber elegir expresar o no un sentimiento, en qué momento, cómo y a qué persona. "Estoy resentido y enfadado. No me siento, escuchado cuando te hablo". Es mejor hablar de mí, de como me siento y me percibo: de modo directo y personalizado en mí.

Los sentimientos y emociones ni son buenos ni malos. Son naturales. Están ahí, dentro de cada cual. Son experiencias personales. Es natural, útil y aceptable sentir una emoción, cualquiera que sea: agradable o desagradable. Todos los sentimientos y emociones son válidos. Sólo lo que cada cual hace con ellos -las conductas- puede ser considerado aceptable o no.

Los sentimientos son personales. Cada persona es responsable de sus sentimientos y de los comportamientos que pueden acompañarlos. Las emociones son propias del sujeto. Nadie puede obligar o imponer estar animado o enojado. Como tampoco reprobar que pueda sentirse triste o alegre. Pero sucede que lo que dicen o lo que hacen otras personas puede alterar nues­ros sentimientos, siempre que nosotros lo permitamos. También podemos impedir esa incidencia y decidir cómo queremos sentirnos.


Conceptualización de la inteligencia emocional
Salovey y Mayer en el año 1990, (SALOVEY y MAYER, 1990) acuñan el término de inteligencia emocional definiéndola como un tipo de inteligencia social (GADNER, 1995) que involucra la habilidad de manejar los sentimientos y emociones propias de uno mismo y de los otros, de discriminar entre ellas y de utilizar esta información para dirigir nuestros pensamientos y ac­ciones. La inteligencia emocional según estos mismos autores (1993) puede distinguirse fácilmente de la inteligencia general ya que incluye la manipulación de las emociones y del contenido emocional, y, como resultado, tener una mejor validez discriminante. Los procesos mentales involucrados en la información emocional incluyen la evaluación y expresión de las emocionales propias y ajenas, la regulación de la emoción personal y la utilización de las emociones en direcciones adaptativas.

Salovey y Mayer concretaron la competen­cia emocional, que influye en todos los ámbi­os claves de la vida, en el desarrollo de cinco capacidades (MARTÍN Y BOECK, 1997):

• Reconocer las propias emociones

Poder hacer una apreciación y dar nombre a las propias emociones es uno de los sillares de la inteligencia emocional, en el que se fundamentan la mayoría de las otras cualidades emocionales. Sólo quien sabe por qué se siente co­mo se siente, puede manejar sus emociones, moderarlas y ordenarlas de manera consciente.





• Saber manejar las propias emociones

Emociones como el miedo, la ira o la tristeza son mecanismos de supervivencia que for­man parte de nuestro bagaje emocional básico. No podemos elegir nuestras emociones. No se pueden simplemente desconectar o evitar. Pero está en nuestro poder conducir nuestras reacciones emocionales y completar o sustituir el programa de comportamiento congénito primario, como el deseo o la lucha, por formas de comportamiento aprendidas y so­ializadas como la ironía. Lo que hagamos con nuestras emociones, el hecho de manejarlas de forma inteligente, depende de la inteligencia emocional.



• Utilizar el potencial existente

Los sujetos emocionalmente inteligentes sa­ben solucionar los problemas de forma adaptada, ya que focalizan mejor su atención en las tareas vitales más prioritarias; son capaces de enmarcar correctamente los problemas y son más creativos y flexibles en sus posibles alternativas de respuestas en las que integran las consideraciones emocionales.

• Saber ponerse en lugar de los demás

La empatía ante otras personas requiere la predisposición a admitir sus emociones, escuchar con atención y ser capaz de comprender pensamientos y sentimientos que incluso no se hayan expresado verbalmente.

• Crear relaciones sociales

El trato satisfactorio con las demás personas depende, entre otros factores, de nuestra capacidad de crear y cultivar relaciones, de reconocer los conflictos y solucionarlos, de encontrar el tono adecuado y de percibir los estados de ánimo de los demás.

Más recientemente Goleman (1997) ha defi­nido la inteligencia emocional como la capacidad de motivarnos a nosotros mismos, perseverar en el empeño a pesar de las posibles frustraciones, controlar los impulsos, diferir las gratificaciones, regular nuestros propios. estados de ánimo, evitar que la angustia interfiera nuestras facultades racionales y la capacidad de empatizar y confiar en los demás. Para este autor la inteligencia emocional abarca cinco competencias: el conocimiento de las propias emociones, la capacidad de controlar las emociones, la capacidad de motivarse a uno mismo, el reconocimiento de las emociones ajenas y el control de las relaciones.

Para este autor, la inteligencia emocional puede resultar tan decisiva, y en ocasiones incluso más que el cociente intelectual de la persona, para predecir la satisfacción personal a lo largo de la vida. Saber que un joven ha logrado superar con gran éxito sus estudios, equivale a saber que es sumamente bueno en las pruebas de evaluación académica, pero no nos dice nada de cómo reaccionará ante las vicisitudes que se le presenten en la vida. Sin embargo las personas que han desarrollado adecuadamente las habilidades emocionales suelen sentirse más satisfechas, son más eficaces y más capaces de manejar los hábitos mentales que determinan el rendimiento.


También destaca que habilidades tales como la capacidad de tener conciencia o de reconocer los sentimientos propios, la empatía, la persistencia, la destreza social, el optimis­mo, la comprensión de los sentimientos propios y ajenos, el autocontrol, el entusiasmo, la conciencia de las necesidades de los demás, la capacidad de desembarazarse de senti­mientos negativos, la capacidad de diferir las gratificaciones y sofocar los impulsos, el saber tranquilizarse a sí mismo, saber relacionarse positivamente con los demás y comunicarse adecuadamente con ellos, etc., son fundamentales para conseguir una vida satisfactoria.

Estos factores destacan la importancia e influencia de la dimensión emocional en el desarrollo evolutivo, así como en la superación óptima de las transiciones propias del ciclo vital como es el caso de la adolescencia.